Sí, capítulo 63 de una novela muy de la Generación X Argentinian Way que escribí y nunca terminé realmente.
Lo pongo porque se relaciona mucho con mi primer post.
KISSES!
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Capítulo 63
- La medida del enamoramiento es de seis meses.
- ¿Qué quiere decir eso? – Pregunta Natalia más ingenua que nunca.
- Ese tiempo separa al amor de cualquier historia más. – le doy una pitada al porro. Se lo paso, lo mira con desconfianza mientras lo sostiene entre sus dedos sin chuparlo. – Es una fija.
- Lo decís por el tiempo que estuviste con Sofía la última vez. – le da una calada, me lo pasa. Se revuelve un poco entre las sabanas y sobre mi brazo derecho que la abraza por la cintura de su cuerpo desnudo, contra el mío en Jeans. – No veo ninguna fija en eso.
- No es por esta última vez. 6 meses es la medida para enamorarse. Si el tarro no está lleno para entonces, te tiran.
- O lo llenan con otra cosa... o con alguien más.
Me mira con esos ojos miedosos y llorones de cuando se puso a llorar en la reserva. Me gustan. Siento que puedo hundirme en ellos y nadar en el barro marrón de su iris jugando con el oro negro de su centro en las orillas salinas del engaño, las cuales olas de párpados cierran y abren al compás de latidos.
- Estuve pensando. – dice al fin. Le paso al porro, le da una última calada valiente y lo apaga en el cenicero. Ahora es ella quien me abraza por la cintura.
- ¿En qué? – digo y empiezo a sentir mi impaciencia.
- Lo voy a dejar. – Salen lágrimas de sus ojos. – No puedo hacerle esto, no se lo merece.
Beso esas gotas saladas y tibias que ruedan por sus pómulos. Desaparecen en mis labios.
- ¿Qué le vas a decir?
- Tus ojos, son tan azules cuando tienen miedo.
Mi mano derecha temblaba sobre su espalda. No me había dado cuenta. No era miedo, era impaciencia.
- Le vas a contar, ¿No?
- Sí, se merece saber la verdad. – dice y ahora sí llora. En promedio la vi llorar unas dos veces por día.
Volteo y miro el reloj, dándole la espalda, son las cuatro de la mañana. Me acaricia con los dedos. Me pregunto que mentiras le habrá dicho a mi amigo para estar ahora acá.
- Mírame. – dice. – Dame bola Gonzalo.
- Vos no vas a hablar.
- Me siento culpable, quiero darle motivos de verdad. – quiere darme vuelta empujando mi hombro derecho hacia atrás pero no puede. – Casi no duermo, no puedo trabajar ni estudiar así. ¡Gonzalo!
Vuelvo a mirarla. Le acaricio la cara, y finalmente llevo un dedo a su boca y lo mantengo en el medio de sus labios en señal de silencio.
- Hace mucho que no lo queres. El amor desaparece. Es como las flores Natalia, crecen para morir. No hay nada romántico en eso. Son solo hechos, circunstancias.
- Vuelven a crecer todos los años. Si se las alimenta un poco, vuelven a la vida.
- ¿Entonces por qué no intentas de nuevo con él?
Sentí que la laguna de barro en su iris se volvía espesa y nadar era imposible, mientras más quería salir más me hundía, era una trampa. Me estaba cazando.
- Porque no va a crecer otra vez el amor ahí, en él, entre Cristian y yo.
- Pero... de alguien estás enamorada.
- ¿Para que me haces tantas preguntas y das tantas vueltas si ya sabes la respuesta?
La abrazo. Es una mujer fuerte, nada que ver con Sofía, se siente su acero por debajo de esa delgada, fina y delicada piel de mujer.
- ¿Y vos me queres? – pregunta mientras la aprieto contra mi cuerpo.
Cambió su respiración, el ritmo de su corazón, hasta el olor que emanan sus poros.
- Sí. – le miento. Y mientras lo hago cierro mis ojos, cruzo mis dedos y pienso en otra mujer, una que probablemente no piense más en mí.
- ¿Vamos a hacer que esto funcione, verdad? – quiero gritarle que no, que soy malo, egoísta, falso e hipócrita.
Me separo un poco de ella. Miro sus labios carnosos, está sonriendo, entusiasmada, alegre. Una lágrima nada en la comisura de su boca.
- Pero prométeme que no le vas a contar nada a él ni a ella... – le sonrío mostrando mi dentadura perlina completa.
- Bueno. Te quiero…– y me besa apretando con toda la fuerza de sus mandíbulas.
Me despierto el domingo a las doce del mediodía y bajo a comprar el diario mientras Natalia todavía duerme en mi cama. Luego le toco el timbre a Lionel antes de volver a casa. Lo espero unos diez minutos antes de que baje mirando a la gente del barrio.
- Lo lograste. Salvaste tu culo una vez más.
- Sí, lo hice. – digo. – No va a decir nada por ahora.
- Sos un cagón. – dice y niega con la cabeza. - ¿Qué le tuviste que prometer?
- Mentiras, todos aman las mentiras. – le doy un abrazo, mientras digo. – La supervivencia del más apto. – y me despido.
Cuando vuelvo le dejo el Clarin a mis viejos debajo de la puerta de su habitación, y me tiro sobre mi cama de nuevo, donde ella me esperaba despierta mirando la televisión que apagué con el dedo gordo de mi pie mientras la besaba y le decía lo hermosa que era cuando se despertaba y lo bien que me hacía sentir. Lástima que era una mentira.